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El Sanatorio Durán: parte del patrimonio arquitectónico que debemos rescatar

Yalena de la Cruz
Odontóloga

Son las seis de la mañana; el frío es deliciosamente intenso y en el cielo azul aún no se asoman las nubes. Las campanas no suenan, y la capilla clausuró sus puertas aunque las 15 gradas de su particular escalera invitan a entrar; no queda más que subirlas y, simplemente, contemplar el verde de los jardines. Una bocanada de aire, bajo la cruz incólume, debe ser un pedacito de Cielo entrando en nuestras almas: ¿cómo entender, si no, el poder sanador de ese aire con olor a tierra?

He pasado la noche: una noche oscura, silenciosa, fría; tal vez igual que yo, pero en su propio contexto, se lo decían quienes eran internados con fines terapéuticos: ¡vencí a la noche y sigo con vida!

Ingreso al área de cuartos en medio del olor a romero fresco del jardín, también adornado por hortensias. Los pisos, maderas bien puestas o hermosos mosaicos detallados, marcan las diferencias en las estancias. Por cierto, la madera no cruje; el roble negro, el cedro y el pochote guardan silentes sus secretos de antaño. Da ganas de limpiarlas, de restaurarlas con el Salmo de Debravo a la mano, porque estas maderas han sido, sin duda, oscuras, profundas, charoladas, recias, macizas y han de ser olorosas cuando son trabajadas...

El corredor en el simétrico inmueble nos da una idea de armonía, que paradójicamente apela al orden que, bajo el severo cuido de las monjas de la Caridad, debió imperar.

Todo es espacioso: cuartos amplios, ventanas grandes; también los baños comunes con duchas separadas quizás en resguardo del pudor propio.

¿Qué eventos harían en la azotea?; desde allí, la vista es magnífica: edificios, montaña, cielo, y anclada, en un pedacito del campo, la vieja ambulancia con un rótulo apenas legible al acercarse: “Ministerio de Salud – Lucha Antituberculosa”.

La evolución de la tuberculosis en nuestro país es la historia de cómo el mejoramiento de las condiciones socioambientales y sanitarias permitieron combatir una enfermedad y prácticamente erradicarla, lo cual conllevó el cierre del Sanatorio y la transformación del hospital capitalino (hoy llamado Dr. Raúl Blanco Cervantes) de acuerdo con el nuevo perfil epidemiológico y demográfico: con la drástica disminución de los pacientes tuberculosos se pasó para atender a los múltiples pacientes que aparecieron, de un pronto a otro, con el aumento de la esperanza de vida: los adultos mayores.

Invaluable patrimonio. Fue el 16 de agosto de 1915, cuando el Congreso de la República aprobó la creación del Sanatorio, construido en Tierra Blanca por las recomendaciones hechas por el Dr. Carlos Durán, relacionadas con altitud, vientos, humedad el aire, temperatura y horas de sol en el sitio. Hoy, sus terrenos le pertenecen a UPA Nacional.

Los edificios permanecen en pie, sostenidos por las maravillosas maderas y ladrillos con que se construyeron, pero se encuentran bastante deteriorados. Las hermosísimas escaleras perdieron sus pasamanos, posiblemente por actos vandálicos.

Sería deseable que el Instituto de Desarrollo Agrario firme un convenio con UPA Nacional para restaurar este hermoso complejo, de forma tal que, al celebrar su centenario, ojalá, sea un espacio recuperado quizás para un Museo de Historia de la Salud Pública; un complejo que permita a las instituciones estatales la realización de seminarios; un hotel como los “paradores” españoles, que mezclan historia y turismo para salvar del deterioro las obras patrimoniales; o simplemente un lugar para ir a pasear, admirar las hermosas vistas y respirar ese aire puro, ¡el mejor del país!

FUENTE: La Nación. Foro.
FECHA: Lunes 27 de setiembre de 2010
DIRECCIÓN: http://www.nacion.com/2010-09-28/Opinion/PaginaQuince/Opinion2536780.aspx
AUTOR: Yalena de la Cruz, Odontóloga | This e-mail address is being protected from spambots. You need JavaScript enabled to view it